14 de Abril, 2022

 Recuerdo cuando era preadolescente.

-En una de las múltiples ocasiones que fui hostiado por mis padres fui invitado a abandonar el hogar. Contaba con toda la logística necesaria para ello: Una bicicleta de montaña, un Walkman y las ganas de huir.

Pasadas unas horas de profuguismo hacia la imaginaria frontera de mis propias ambiciones comenzaba la incertidumbre sobre mi paradero en una época sin móviles ni geolocalizacion.

El fin era el mismo, volver a ser hostiado de vuelta al reaparecer, en éste caso bajo el pretexto de la ansiedad generada por mi ausencia provocada a base de golpes (los improperios e insultos, cual solado recién licenciado respecto del valor, se le suponen).

Quisiera invitar al lector, cualquiera que sea su origen o punto de acceso a mi líneas a la reflexión sobre cuál es la frontera limítrofe que hemos de dejar traspasar a los demás. 

Putuemos los gritos, puntuemos la inquina cual llama ardiente en pupilas donde se vislumbran las ganas de discutir, puntuemos obviamente las faltas de respeto en sus diferentes y coloridas gamas, y propongo finalizar y colocar en la cima el maltrato físico.

3 años y medio de terapia me educaron acerca de quien quiere herirte bajo el camuflado disfraz del cariño, el cuidado y el amor.

Y ahora mismo a las 13:22 de un 14 de abril, todavía me hallo si he de volver o salir corriendo de allí donde solíamos gritar.


Felíz día, repulicanos.





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